“El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia” (K. Marx)

Publicado en La Opinión de Málaga

Desde que comenzó la crisis es creciente un sentimiento que responsabiliza a políticos, funcionarios y sindicalistas de la crisis o, al menos, de ser un obstáculo a la salida de la misma. Este sentimiento hunde sus raíces en la percepción, más o menos generalizada, de que son sectores privilegiados en comparación con el resto. Pero, ¿hasta qué punto tiene sentido hacer tales afirmaciones?

En los últimos meses, por ejemplo, ha circulado por internet el rumor de que en nuestro país hay casi medio millón de políticos. La fuente era una página web sensacionalista que, sencillamente, se inventó los datos. En realidad, y según los datos aportados por el Estado, hay un total de 73.500 políticos, incluyendo en esta suma a senadores, diputados provinciales, autonómicos y del congreso, concejales y alcaldes. Por otra parte, en general tampoco parecen los políticos muy caros a juzgar por el hecho de que el 90% de los concejales españoles no cobra remuneración alguna por serlo.

Desde luego que estas cifras no agotan el debate, pues de hecho queda pendiente reflexionar acerca de si algunas instituciones deberían reconfigurarse y de si algunos sectores concretos de los políticos (como los alcaldes de grandes municipios o los diputados) tienen remuneraciones excesivas de acuerdo con el rendimiento ofrecido. Pero lo que está claro es que el populismo de derechas que centra sus críticas en la clase política no está racionalmente justificado, precisamente porque es obvio que los políticos pueden ser culpables de la crisis por la naturaleza de sus decisiones y no por el hecho de ser políticos.

Resulta entonces interesante averiguar por qué los políticos están en el ojo del huracán. De hecho, según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) la llamada clase política está en las horas más bajas de su historia reciente. Una historia en la que pueden diferenciarse tres etapas. Desde 1991 hasta 1996 sufrió enormes críticas de los españoles, coincidiendo con una percepción muy negativa de la evolución económica. Por el contrario desde 1996 hasta 2005, coincidiendo con la etapa de la burbuja inmobiliaria y una percepción muy positiva de la economía, los políticos estuvieron muy bien valorados. Desde entonces, y paralelamente al desarrollo de la crisis, el apoyo de la clase política ha entrado en una espiral descendente que parece no tener fin.

Ello nos muestra que los españoles no valoramos a los políticos directamente por sus actos, puesto que de lo contrario no tendría ningún sentido que en el período de mayor corrupción en España –con su burbuja inmobiliaria y la afluencia de ingentes cantidades de dinero que ahora toca devolver– los políticos hayan sido vistos con tan buenos ojos. Al contrario, realmente los españoles valoramos a los políticos de acuerdo con el estado de nuestras propias condiciones de vida. Se opera más o menos así: si vivimos cómodamente, con empleo y bienestar material suficiente, deducimos que los políticos lo están haciendo bien; si vivimos con dificultades, sin trabajo y sin expectativas de futuro, deducimos que la culpa es de los políticos. Y todo ello con independencia de si realmente son corruptos, honrados, privilegiados o humildes.

Culpar a los políticos, funcionarios o sindicalistas, como elementos visibles y más expuestos a la crítica, es una reacción natural o primaria ante la creciente desesperación. Y sin duda es también fuente de un gran número de votos, a pesar de ser a todas luces una argumentación desprovista de un mínimo de racionalidad. Desgraciadamente hay partidos y organizaciones que explotan este hecho y mantienen un discurso de esta naturaleza con el objetivo de ganar poder y sin que realmente se pretenda resolver el verdadero problema de nuestra economía. Caer en los brazos de ese populismo es errar el disparo y obviar las soluciones que necesitamos, pero es ante tomar partido por la antipolítica y una peligrosa senda de soluciones impulsivas e irracionales.

NOTA: Gráfico (escaneado, lo siento) sobre relación entre valoración política y valoración económica. Creo que esclarecedor.