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Distribución de la Renta

Luchas sociales

Factor humano, recurso humano o capital humano no es sino la forma falaz de llamar a las personas en el ámbito económico. No es sino la evidencia de que estamos supeditados a un ente que nos trasciende y del que dependemos. Ente que no es otro que el sistema económico y su crecimiento tendente al infinito.

Cuando una persona está considerando a otra dentro de un mercado de trabajo lo que está haciendo es convertirla en mera información para hacer más eficiente un sistema. Nos hemos acostumbrado a esta burda utilización de las personas, pero se está olvidando la naturaleza de las mismas y, de hecho, a la propia naturaleza.

El surgimiento del mercado de trabajo aniquiló todos los diferentes tipos de organización de sociedades, transformándolos y englobándolos bajo un sistema diferente, individualista y atomizado.

La revolución industrial, aunque actualmente bien entendida como proceso, destruyó entonces de un modo realmente rápido y fulminante el sistema anterior, arrojando a las personas que antes vivían seguras y sin hambre a un mundo de penurias. Los campesinos se convirtieron en mendigos de la gran ciudad, los subsidios para los pobres perjudicaron más de lo que solucionaron y las tragedias familiares derivadas de la necesidad de sobrevivir en cualquier modo así fuera muriendo en las minas a edades tempranas, sucedían continuamente.

Las personas más desfavorecidas padecían las funestas consecuencias de un cambio social y económico que les afectaba más en el primer sentido que en el segundo. Todos los afectados se defendían rogando por el proteccionismo y la igualdad, para evitar la desintegración tan fuerte a la que estaba sometido su ambiente.

La organización de los trabajadores surgió en Inglaterra como respuesta a esta rápida degradación cultural, ya fuera deseando un cambio reaccionario (ludismo) o una transformación justa (sindicalismo). Experiencias como la de Robert Owen no eran sino una muestra de la respuesta que daban los trabajadores a un nuevo sistema. En todos los casos el liberalismo inglés tuvo que imponerse por la fuerza, además de impedir la democratización (entonces sólo un 15% de los varones podía votar), para evitar una moderación en la transformación egoísta.

En el resto de Europa, donde la revolución industrial tuvo lugar cincuenta años más tarde, la clase trabajadora encontró su aliada en la burguesía, en tanto que compartían el deseo de combatir a la prepotente aristrocacia. Situaciones que junto a otras (la unificación de los estados por ejemplo) concedieron a las clases trabajadoras una experiencia de la que surgió la conciencia clasista, el activismo político y desde este último el sindicalismo, al contrario que en Inglaterra.

En todos los casos los desfavorecidos han tenido que combatir las fuertes presiones de un mercado autoregulado, que reducía los factores naturales a mercancías, degradando así no sólo a la naturaleza humana sino también el contexto social que hasta entonces se mantenía.

Son todas esas las luchas que han llevado a nuestra situación actual, y que han conseguido ir cerrando una brecha que el mercado autoregulado no hace sino incrementar. Luchas que ahora se pretenden pasar por alto, concienciando a los individuos de las bondades de un sistema individualista y egoísta amén de divino y fantástico.

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