El Banco Central Europeo prestó el otro día 489.000 millones de euros a la banca privada europea, a un tipo de interés del 1% y con vencimiento a tres años. Esta noticia tiene dos implicaciones, una de tipo moral y otra de tipo económico. La moral es obvia: mientras las familias, pequeñas y medianas empresas y Estados enteros pasan apuros para pagar sus deudas y carecen de capacidad para pedir préstamos (y cuando lo consiguen es a tipos de interés altísimos) los bancos se ven beneficiados de una ayuda muy generosa. La implicación económica es algo más compleja. El objetivo que tiene el BCE no está claro, pues no se sabe si está buscando sanear el sistema financiero o financiar por la puerta de atrás a los Estados. En cualquiera de los casos significa que hay una transferencia de dinero público a manos privadas. Porque ese dinero que se le da a los bancos será utilizado para financiar a los Estados a tipos de interés más altos (y de la diferencia nacen sus beneficios) o para pagar deudas pendientes. Hay que recordar que el BCE no puede financiar directamente a los Estados por una cuestión estatutaria (el banco central de Alemania forzó que fuera así) y por lo tanto tiene que utilizar intermediarios (y darles negocio) para intentar financiar países.

El problema es que los datos revelan que los bancos no quieren ni prestar a los Estados ni a las familias y empresas. Se quedan el dinero guardado en los depósitos que tienen en el BCE. Es decir, el BCE les da dinero al 1% a tres años y la mayoría de ese dinero se mantiene en el BCE a la espera de que cambien las condiciones económicas. Mientras eso ocurre los bancos están “perdiendo dinero”, pero probablemente estén esperando mejores oportunidades para invertir con rentabilidad en otros espacios. De momento consideran que prestar ese dinero es arriesgado. Es decir, el BCE acaba de comprender que no tiene capacidad para gestionar la política económica. Los intermediarios (los bancos) se han plantado y han dejado al BCE sin herramientas.

La pregunta es: ¿por qué pasa esto?

Un reciente artículo del New York Times señalaba que un working paper de economía crítica (post-autistic economics, en inglés) se ha convertido en sólo dos semanas en un viral en la red, a pesar de que se trata de un documento sólo apto para economistas. El documento en cuestión es un completo estudio de la crisis actual y de la forma que hay para salir de ella. La tesis que mantiene el autor, Mr. Koo, es que hay dos tipos diferentes de recesiones: recesiones convencionales y recesiones de tipo balance sheet. Recomiendo leer el artículo al completo porque incluye un gran número de datos y gráficos que ayudan a comprender el razonamiento, más allá de la breve exposición que hago ahora.

Para el autor, las recesiones convencionales se dan cuando la actividad económica se detiene mientras los agentes privados se mantienen en condiciones normales (de maximización de beneficios) y aquellas otras que se producen cuando los agentes privados están minimizando sus deudas. Nosotros (EEUU, UK, Irlanda y España fundamentalmente) estamos bajo una crisis de este segundo tipo.

Como consecuencia del estallido de la burbuja inmobiliaria los hogares y empresas están intentando reducir sus enormes deudas. Eso lo hacen incrementando sus ahorros o pagando deudas poco a poco, por lo que en conjunto la demanda agregada cae (cae el consumo y la inversión) y el crecimiento económico se resiente y la economía entra en recesión. En este punto la política monetaria es inútil (la famosa trampa de liquidez de Keynes) porque ni las familias ni las empresas quieren pedir prestado dinero, sea el tipo de interés que sea. Por eso todas las inyecciones de liquidez que hace el BCE fracasan: se quedan en los depósitos del propio BCE y no salen a la economía real. De hecho, tampoco se dispara la inflación porque ese dinero no llega a la economía real. Lo que viene es una espiral deflacionaria donde todos los agentes están desapalancándose (reduciendo sus deudas respecto a lo que tienen). Y este proceso continúa hasta que el sector privado satisface todas sus deudas o hasta que la economía entra en una profunda depresión.

Crisis de este tipo son las de EEUU en los años treinta o la de Japón en los años noventa. Japón, por ejemplo, intentó amortiguar los efectos de esta crisis a través de determinados estímulos que permitieron a la economía no entrar en depresión. No obstante, la economía no pudo salir de la recesión hasta pasados quince años. Durante todo ese proceso (similar al de EEUU en los años treinta) los Estados se endeudaron para permitir que la economía se mantuviera a flote y que las familias y empresas pudieran seguir devolviendo deudas. En términos contables los bancos sólo incrementaron los créditos a los Estados, que fue lo que posibilitó que éstos pudieran mantener la economía a flote.

En escenarios como este, las políticas de austeridad sólo agravan el problema. Nada es peor que la austeridad del Estado cuando los agentes privados están minimizando deudas. Lo que provocan esas políticas es una aceleración de la espiral deflacionista, tras lo cual el déficit de los Estados continúa aumentando. Eso lleva a nuevos recortes y a una carrera sin fin.

El problema que tiene España, por ejemplo, a diferencia de EEUU y UK, es que está en la zona euro y no controla su política monetaria. El dinero que ahorran los agentes privados españoles se va hacia fuera y no se presta al Estado, lo que hace que se incremente la cantidad pagada en concepto de intereses. Por ejemplo, los planes de pensiones privados o los ahorros de los bancos españoles se van a la deuda pública alemana antes que a la española. Entonces a la paradoja del ahorro, descrita arriba, se une la dificultad que tienen los Estados para financiarse. El autor del paper propone que se adapte una nueva norma que prohíba a los agentes privados españoles comprar deuda pública extranjera: de ese modo el ahorro que hacen los agentes privados ayuda a que los Estados tengan más facilidades para endeudarse y llevar a cabo planes de estímulo. Se trata de establecer mecanismos adecuados para que los Estados puedan compensar el rápido incremento del ahorro de los agentes privados y por lo tanto compensar la caída en la demanda agregada.

De lo contrario seguiremos el camino hacia la II Gran Depresión y, como se señala en el artículo, al final sólo quedarán las economías de guerra como fórmulas para resolver el estancamiento permanente del sistema. Es decir, la clásica advertencia marxista de que el sistema necesita crisis y guerras para reiniciar el proceso productivo y continuar creciendo.